La mujer del abanico seca la humedad de sus labios con el aire caliente que se agita sobre su rostro. Los dedos de su abanico, a la distancia, se meten entre su pelo para mecerlo en un vaivén obsesivo. Lanza el anzuelo de su indefensión y lo recoge cargado de miradas. Toma una mirada de entre todas y la coloca en medio de sus piernas durante el resto de la noche. Y luego cree que no es un juego, que alguien en verdad le importa. El abanico descansa en el cajón durante algún tiempo.
Ella se asomará al cajón luego del desastre. Volverá a cerrarlo. Una luz distinta la habitará por siempre.
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