I
Tenía mi amado cien millones de peces refulgentes, cada segundo mil distintos diminutos seres del naufragio. Ahogados en el aire, quemados por la luz, eran sus peces luna un camino de espejos en la playa. Peces pequeños sembrados en la arena. Peces dormidos que las olas devolvían a los ojos violados. Quinientos millones como gotas del mar que su cuerpo acunaba se alejaban cada vez que rompia la ola.
Tenía yo una flor campana. Era mío el óvalo de líquidos vestidos. La semilla de granada devuelta de la tierra. La que, cubierta tan sólo con el agua del camino, dirigía su redondez hacia el encuentro.
II
Esa tarde imposible se deslizaron silenciosos los peces, llovieron sobre el camino abismal de la espesura. Entrelazados confundidos desde siempre solos. Dentro de mí se despeñaron. Ya se sabe que hay un tigre en el sueño, detrás de la risa una flor negra; pero no sabemos todo de la luz, no la cadencia de sus sílabas más quietas. Con los ojos cerrados miramos sin saberlo esa otra mirada.
III
Asaltada por cien peces giró la oval sin manos tocada por sus bocas mudas. Entró en silencio el elegido y sólo de ellos fue el abrazo. Nosotros éramos solo un rumor sin eco, afuera. Adentro avanzaba el pez con su voracidad a cuestas, giraba sin detener su danza, desnuda de sus escamas su carne reventaba.
Fueron rotundas las semillas. El centro de sus centros fue de imanes. Se confundieron con lo otro fueron un otro sin cabello ni piel ni ojos abismales, sin enfermedad ni muerte que se vean. Sólo un latido.
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