La luz posible eras tú. Lo siempre buscado. No el semen de agua endurecida, no los días en que me senté en el quicio de mi puerta a comer a puñados mis monedas, no tu padre que no pudo cerrar por dentro las puertas de la casa.
La luz posible era el latido de tu carne. Todo ocurrió desde el principo para que ese pacto de encharcada sangre se rompiera. Eras la flama para sostener el sueño, la marea solar.
Porque existe la luz, su mirada que interroga y espanta, su muda palabra. Hay una luz posible que te habita.
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