y equivocarse no será la operación que combina las
imágenes sino el consuelo de "lo mismo",
el etcétera o residuo que se prevé en la aventura del espejo
sordo, acumulativo, tatuado de carencia.
David Huerta
Adorador de la imagen, artífice de los objetos, escucha:
Construiste una casa cimentada en el miedo
y el miedo la habitó porque venía contigo.
Quien come del pan de lo irremediable está predestinado
a repetir su historia
y el que pide lo imposible nada quiere recibir.
Supiste quién era yo por mi manera de mover el abanico,
supiste desde siempre que tenía pájaros en la memoria
y mi razón murciélago colgaba del techo de la sala;
supiste por mis ojos que soy triste;
te dije desde antes: son filosos mis dientes.
Y me abriste la puerta.
Pero la puerta no daba a la salida,
la puerta daba a un sótano vacío
en donde un niño demente
se escucha en el espejo y tiembla.
Lo que amaste en mí fue la promesa de Lilit y sus demonios.
Lo que amas de verdad es el dolor.
Y yo me digo: Todo círculo por fuerza ha de cerrarse.
El rostro se repite para darle epílogo a la historia.
Irse a vivir debajo del paso de los trenes
presagiaba la noche junto al canal de aguas negrísimas.
Lo que ha de sobrevivir a esta intemperie
no es el recuerdo de la luz con que vestí tus ojos,
sino este fulgor que vive desde siempre en mí
y que hoy tengo en la mano como una moneda
purificada por el dolor.
El que no tiene fe no encontrará el milagro:
estoy lista para colocar mi corazón en su sitio verdadero.
Mírate mirarme en la última noche del amor.
Mójate la cara con tu sonrisa de los últimos días,
cuando dormía a tu lado siendo la más dichosa
y tú me abrazabas con el animal de tu abandono
enseñándome los dientes.
Te lo digo otra vez:
la luz va conmigo dondequiera que vaya.
Nada te debo.
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