Privado de su ración de serenidad y tolerancia por dos días
mi cerebro se niega a obedecerme.
En días como éste no me basta el amor
ni me consuela que todo esté bien en mi vida, o casi:
el alimento en mi lengua, el agua que sobre la mesa tiembla.
Otra vez esta tristeza sin nombre ni motivo, aquí enquistada.
Un peso que me aprieta los pulmones,
una fisura en mis ojos que enturbia los objetos de la casa.
Certidumbre del dolor.
Nunca el tiempo puede ser posible. Esta niebla.
Esta fiebre tan dentro, aunque insensible.
Moléculas que en el cerebro se empozan sin remedio
y en cuya inmovilidad todo se estanca.
Mañana temprano iré por mi ración de luz.
El equilibrio roto se puede comprar en la farmacia.
Y sin embargo digo amargura, lo escribo, lo repito,
y algo de ella escapa en las palabras.
Hace un momento hubiera creído que es de la desesperanza
el reino de lo inamovible. Y tampoco ella dura.
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