
Ventana con jacarandas
Por Mónica Braun
No sé si nunca quise lo que dije que quería, o si dejé de querer lo que quería en cuanto tuve lo que tuve… Ahora soy víctima de mis deseos cumplidos. Y sufro bonitamente, como dijo el poeta.
Pero bueno, si lo que quería era tener un amante de planta, alguien con quien hacer el amor los viernes por la noche sin tener que contarle mi vida ni escuchar la suya, sin más lío; alguien de quien no pudiera enamorarme, alguien que no me complicara la vida ni me quitara el sueño… ¿por qué le dije al Bailarín de Tango, rotundamente, que siempre no? Y peor aún, si eso quería, ¿por qué no dejé de pensar día y noche en mi pintor y de esperar sus llamadas? ¿y por qué me compré una mini minifalda tan pronto agendamos la segunda cita?
Fue en su casa, en la Condesa, un viernes en la tarde. Iba yo con la dichosa minifalda, mallitas rojas, blusita pegada, muy casual y fresca, muy como si nada. Antes de tocar la puerta me dije que debía mantener todo bajo control, “Sólo tomaremos vino, sólo platicaremos tonterías…”, me dije, tratando de controlar los nervios.
Pero abrió la puerta y tuve que reprimir un súbito deseo de echarme en sus brazos (velludos, musculosos…) y entré a su casa aparentando una tranquilidad que estaba lejos de sentir. Y ahí estaban sus cuadros, enormes, poderosos, que me cortaron el aliento.
Antes de probar el vino ya estaba yo mareada. Ese hombre del que según mi amiga yo no podría enamorarme era todo menos esa alma inofensiva que ella había insinuado. Ese hombre era peligroso a pesar de la mirada dulce y la voz tranquila. O tal vez por eso.
Nos sentamos a platicar de no sé qué. Veinte minutos más tarde fuimos por más vino a su cocina, larga y estrecha, y yo me recargué sobre una mesita, y él tuvo que pasar frente a mí, a 20 centímetros de mí, para coger unas servilletas… y entonces se detuvo y me besó.
En este punto me detengo. ¡No sé describir sus besos! Todo lo que podría decir sonaría a canción de José José. Besaba como besarían los dioses griegos, si existieran. Exactamente como a mí me gusta ser besada. Exactamente así.
Perdí la noción del tiempo, el poco pudor que traía conmigo y un arete rojo que me encantaba. Terminé en su cama de ventanas cubiertas a la distancia por las jacarandas. Todo fue como estar dentro de un capullo tibio del que no se me daba la gana salir jamás ni siquiera convertida en mariposa.
Ese día desaparecieron el Bailarín de Tango y el Afamado Cineasta y mis veinte pretendientes de Facebook y mi ex marido también. ¡Pum! Se borraron de mi cabeza como si no hubieran existido, y me dormí feliz.
¡Pero yo no quería ser feliz! Yo no quería ser otra vez feliz porque no quiero pagar el precio una vez más. No puedo. No tengo ya con qué.
Y sin embargo seguí viéndolo, después de esa primera vez tres días después. Después de la segunda al segundo día. Luego diario. Luego conocí a su hija y después él conoció al mío, y luego los cuatro nos fuimos un domingo al Universum y comimos palomitas de maíz.
Al mes me dijo como si nada, mientras preparaba una pizza, que qué bonito era que fuéramos amantes…
—¿Amantes? —pregunté indignada —¡Pero no somos amantes! Somos más bien novios, ¿no?
Aquí el tono de voz ya fue ligeramente tembloroso. Y él me miró como a veces se mira a los niños pequeños luego de una travesura.
—¡Ah! No, no me salgas ahora con eso. Dijiste muy claramente que tú querías un amante de planta, ¿ya se te olvidó? Yo no quiero ser tu novio y luego convertirme en sapo. Yo quiero esto que tenemos y que tú querías, así, libres y contentos.
¡Libres? ¿Pero cuál libertad si vivo atrapada debajo de las jacarandas de su ventana? ¿si no bien se duerme mi hijo yo me voy corriendo a su casa y regreso de madrugada y al día siguiente me muero de fatiga detrás de los papeles de mi escritorio y no vuelvo a sonreír hasta que me llama por teléfono?
Discutimos largamente acerca de nuestro estatus. Yo fui clara: quería un amante. ¿No estaba contenta así? Sí, pero no. Me aseguró que de cualquier forma me era fiel y lo seguiría siendo. Le dije que prefería ser su novia. Me dijo que pasaría por alto semejante cursilería.
Esto me pasa por hocicona.
Columna de la Revista Chilango® 2008 Derechos Reservados de Expansión, S.A. de C.V.
Av. Constituyentes No. 956, Col. Lomas Altas, C.P. 11950
Publicado en enero de 2008. |